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Fernanda Catrillanca, chilena viviendo en Irlanda

Reportaje por:

Fernanda Serra

Fernanda Catrillanca es chilena, tiene 29 años y vive en Dublín, Irlanda, desde el año 2022. Estudió Ingeniería Comercial en la USACH y trabajó por un tiempo en el ministerio de Educación, su primer empleo formal en Chile. Sin embargo, no  estaba cómoda con la rutina ni con el ambiente laboral. Mientras veía cómo sus amigas se iban a Europa, sintió la necesidad de hacer un cambio. Sin pensarlo demasiado, usó sus ahorros, pagó un curso de inglés y decidió partir. “No lo pensé mucho, tenía el dinero y dije: ya, chao, me voy”, recuerda riendo.

Todo lo organizó en pocas semanas, el curso, la visa, y un lugar donde llegar. Una vez en Irlanda, resolvió los trámites que le faltaban y se instaló en una casa compartida. “Llegué con lo justo, con el curso pagado y listo”, Al principio todo le resultaba nuevo, incluso las cosas más simples como buscar dónde vivir o aprender cómo funcionaba el transporte.

Lo más difícil fue el clima. “Acá siempre llueve, y el verano no es verano”. Echa de menos el sol y se queja de lo blanca que se siente después de meses sin verlo. Aun así, destaca lo mucho que le gusta la cultura local y la calidez de los irlandeses, a quienes describe como simpáticos y amables. Nunca se sintió sola porque viajó con una de sus mejores amigas y, con el tiempo, llegaron otros amigos chilenos. “En verdad, siempre he estado acompañada”, dice con alivio.

De Chile extraña los panoramas simples, los fines de semana en la playa o en el cerro, los almuerzos familiares y las fiestas con amigos. En Irlanda, siente que hay menos cosas que hacer, nos relata:  “Este lugar es tan chiquitito que a veces no hay panorama, como que me voy al centro y eso es todo”. Además, no tiene auto, lo que hace que recorrer el país sea más difícil. En tono divertido, confiesa que le da miedo manejar allá porque todo es al revés: “me da terror, manejan por el otro lado”.

Vida laboral, vínculos y diferencias con Chile

Al llegar a Irlanda, Fernanda pudo trabajar gracias a la visa que obtuvo al pagar su curso de inglés. Al principio no fue fácil. “Tuve entrevistas para cualquier cosa, de bar, limpieza, lo que fuera, pero no iba”, reconoce entre risas. Finalmente aceptó un trabajo de limpieza en un hotel, pero lo dejó a los pocos días porque fue agotador y sintió que la trataban mal. Después trabajó en una tienda de souvenirs, fue niñera, y más tarde consiguió un trabajo en una joyería donde todos sus compañeros eran irlandeses.“Ahí fue donde más aprendí inglés”. Al principio no entendía casi nada por el acento, pero con el tiempo logró adaptarse.

Hoy trabaja desde su casa para la empresa Accenture, en un proyecto de Facebook dirigido a Latinoamérica. Su trabajo es completamente remoto y habla en español la mayor parte del tiempo. Le gusta el formato porque le da libertad, aunque los horarios cambian según el mes y a veces le toca trabajar muy temprano o hasta la medianoche. “Cuando trabajo en la tarde, termino a las once y después no puedo dormir”, comenta.

Vive en una casa arrendada junto a una amiga chilena. El lugar no es de lujo, pero es cómodo. Confiesa que los arriendos son carísimos y que una pieza individual puede costar más de 800 mil pesos chilenos, “La mitad del sueldo se te va en eso”.

Fernanda explica que la educación pública en Irlanda es gratuita y de buena calidad, por lo que no hay gran diferencia con la privada. En cambio, el sistema de salud le parece caro y confuso. “Ir al médico cuesta 80 mil pesos chilenos aproximadamente”, lamenta, y aunque ahora su empresa le cubre parte de los gastos, dice que todo es más lento. “Todo lo hacen por carta, vivimos en el 1800”, bromea.

A nivel social, no se ha sentido discriminada, aunque recuerda un episodio en que presenció una actitud racista hacia un guardia africano. “El señor empezó a gritarle que se fuera de su país, fue horrible”, enfatiza que esas actitudes no son comunes, pero que suelen venir de gente de pueblos pequeños. En general, describe a los irlandeses como cercanos, buenos para la broma y muy acogedores.

Sobre su entorno, dice que está rodeada de chilenos y latinoamericanos, y que eso le ha hecho más fácil adaptarse. “La mitad de Brasil vive acá”,ríe. Nos cuenta que a  veces celebra el 18 de septiembre con empanadas y cumbia en restaurantes latinos, pero prefiere las reuniones pequeñas en casas. “Me gustan más los carretes entre amigos, los de casa”.

La distancia con su familia no ha sido sencilla, aunque la lleva bien y se ha acostumbrado. Extraña mucho a sus padres, a sus abuelos y a su perro, un viejito de 14 años. “Cuando volví, ni me pescó”, aunque admite que probablemente estaba resentido. No tiene familiares en Europa, pero sí una tía que la visita a veces. También ha recibido a amigos que han llegado desde Chile, y siente que eso le ha ayudado a no perder el lazo con su país.

 Perspectiva, aprendizajes y futuro

Fernanda siente que en Irlanda la calidad de vida es mucho mejor. Le llama la atención cómo las personas no centran su vida en el trabajo. “El irlandés es más relajado, no vive para trabajar”. Le gusta que se valoren el descanso y las vacaciones. En su trabajo anterior tenía cinco semanas libres al año y en el actual tiene cuatro, algo que considera justo. Cree que en Chile las jornadas son demasiado largas y que las empresas no se preocupan por el bienestar de sus trabajadores.

Si pudiera cambiar algo en Chile, implementaría horarios más cortos y más días libres. También le gustaría que estudiar y trabajar al mismo tiempo fuera más posible. Comenta que en Irlanda la universidad está pensada para eso: “todos los que estudian, trabajan”, dice. Le sorprende que las carreras duren solo tres años y que los jóvenes sean más independientes desde los 16, edad en que ya pueden empezar a trabajar.

Su consejo para quienes estén pensando en irse es que lo hagan. “A veces pienso que debí venir antes”, dice. Asegura que vivir en otro país la obligó a madurar y a resolver todo por sí sola. 

A futuro, no tiene intención de volver a Chile de manera permanente. “Me gustaría quedarme. En Chile nunca ganaría lo que gano acá”. Le gusta poder viajar, conocer otros países de Europa y tener una vida más tranquila. Reconoce que los pasajes a Chile son muy caros, así que visita su país una vez al año, cuando puede.

Uno de sus recuerdos más lindos es la familia irlandesa con la que trabajó como niñera. “Me trataron como una más, me ayudaron a buscar trabajo y todavía me escriben”, cuenta. Para ella, esa experiencia resume la bondad y el cariño del irlandés.

Después de estos años fuera, Fernanda siente que ha crecido mucho. Pasó de vivir con sus padres a construir una vida completamente sola. Aprendió a cocinar, a manejar sus finanzas, a comunicarse en otro idioma y a enfrentar el día a día sin depender de nadie. “Veo a la Fernanda de 25 y ahora tengo 29; he madurado mucho, siento que soy una persona distinta, mucho más fuerte”.