Amanda Moreno Zárate es chilena, tiene 27 años y actualmente vive en Lugano, Suiza. Antes de llegar allí, pasó siete meses en Italia, donde aprendió el idioma. Estudió Administración Pública en la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y, desde su etapa universitaria, ya tenía la inquietud de vivir una experiencia internacional.
Todo comenzó con una charla sobre intercambios. “Cuando la señora de Relaciones Internacionales dijo que un intercambio te cambia la vida, yo dije: esto es lo que quiero hacer en mi vida”, recuerda Amanda. Desde ese momento, comenzó a ahorrar cada año. En su último semestre viajó a Alemania, donde realizó su práctica en el consulado de Chile en Frankfurt. “Mandé un correo preguntando si necesitaban practicantes, y a los diez minutos me llamaron”.
Después de volver a Chile, trabajó durante dos años en instituciones públicas, pero la idea de seguir formándose en el extranjero seguía presente. Aprendió italiano, postuló a becas y finalmente eligió una universidad en Suiza, en la zona de habla italiana. “La realidad del chileno común, sobre todo si vienes de una familia de esfuerzo, es que si quieres hacer algo tienes que ponerle mucho compromiso, trabajo y responsabilidad”, dice.
Reconoce que fue una decisión difícil, ya que es muy cercana a su familia. Comenta que son muy unidos y que mantiene contacto diario con su mamá, papá y sus hermanas mayores. A veces, cuando llega a casa y se siente sola, las llama solo para escucharlas hablar. Su padre, en cambio, fue quien más la animó a dar el paso. “Me dijo: si yo tuviera tu edad y esta posibilidad, lo haría sin pensarlo. Ahí me convencí”.
Siente que su decisión también tiene un sentido familiar. “Todo lo que hago lo pienso en ellos. Quiero que ellos también puedan vivir cosas distintas”.
De Chile extraña la calidez, el cariño y las pequeñas cosas. “Yo soy muy de piel. Si estuviéramos juntas, te daría hasta un abrazo. Aquí la gente es más reservada, conservadora y más fría”.
Vida diaria, trabajo y vínculos
Amanda estudia un máster bilingüe en inglés e italiano y se encuentra cursando nueve ramos. Reconoce que el proceso no ha sido fácil, ya que estudiar en idiomas que no son el suyo le exige un gran esfuerzo y concentración. A veces, admite, termina con la cabeza agotada por el nivel de exigencia.
Desde que llegó ha buscado oportunidades laborales part-time; sin embargo, ha enfrentado muchas dificultades para encontrar un trabajo formal, considerando las complicaciones en términos de visado, al no ser ciudadana suiza ni de la Unión Europea.
Actualmente trabaja como niñera, ya que, según comenta, Suiza es un país bastante caro y tener un ingreso es primordial. El apoyo de sus padres ha sido fundamental. Vive con dos italianos, uno de ellos su pareja, a quien conoció en Alemania. “Nos conocimos hablando en inglés, después él aprendió español y yo italiano. Ahora habla como chileno, le salen garabatos y todo”.
El sistema de salud en Suiza le ha resultado complicado. Como su visa de estudiante no le permite tener un trabajo con contrato, no puede acceder al seguro médico normal que tienen los trabajadores. Para hacerlo, tendría que cambiar su tipo de visa y pagar un seguro privado, que es muy caro. Cuenta que una consulta médica puede costar cerca de 300 mil pesos, lo cual es una gran limitante.
Aun así, valora que el país funcione con tanta precisión. “Hace dos meses me llegó una carta recordándome que debía renovar mi permiso. En tres días tenía el nuevo. Te tratan con respeto, te responden, te ayudan”.
La integración ha sido uno de los mayores desafíos. Aunque describe a las personas como respetuosas, reconoce que la cercanía no es parte de la cultura local y que el idioma marca una gran diferencia. “Si no hablas italiano, nadie te habla. El hecho de haberme preparado en los meses previos a iniciar el magíster fue fundamental; de lo contrario, lo habría pasado muy mal en términos de relacionarme socialmente. Aunque uno hable inglés, me encontré con muchas personas que preferían no responder”.
En su ciudad hay muy pocos chilenos, pero busca mantener sus costumbres. Una vez al mes se junta con una amiga chilena a comer completos. “A veces tomamos piscola. Afortunadamente hay un supermercado donde venden pisco, pero lamentablemente cuesta 30 mil pesos. Es un lujo”.
La distancia con su familia no ha sido fácil. Cuenta que su abuela la llama por videollamada para decirle que reza siempre por ella y que se cuide. Aunque no comprende del todo lo que significa estar tan lejos, su presencia y cariño a la distancia la acompañan y le brindan paz.
Mirar la migración desde dentro
Amanda no solo vive la experiencia migratoria: también la observa con una mirada crítica y empática. Antes de irse, trabajó como voluntaria en la Fundación Sitadel, en la comuna de La Reina, apoyando a migrantes haitianos. “Les enseñábamos español, los invitábamos a realizar diversas actividades y los ayudábamos a hacer su currículum y a entender los trámites. Muchos llegaban sin hablar el idioma y con hijos pequeños. Esa experiencia me marcó”.
Esa vivencia le permitió ver desde otro ángulo lo que hoy ella misma experimenta en Europa. “Aquí he escuchado cosas muy duras. Para algunos, el migrante es únicamente el que está en la calle, o en la estación de trenes, el que limpia o el que hace los trabajos más pesados. Eso no es solo racismo, es aporofobia: rechazo al que tiene menos”.
Reconoce que vivirlo desde adentro le ha cambiado la forma de entender la migración. “A veces pienso que soy como un migrante que llega a Chile sin hablar español ni conocer la cultura. La diferencia es que yo estoy aquí por decisión propia, y muchos otros migran por necesidad. Esa conciencia te cambia y te hace ver la migración con otros ojos”.
Reflexiona que el migrante siempre carga con una mezcla de nostalgia y fuerza. “Tienes que reconstruirte desde cero: aprender el idioma, entender las normas y la cultura, buscar trabajo, adaptarte. Es una prueba constante, pero también una oportunidad inmensa de crecimiento”. Comenta que, si ya es complejo para una persona que migra por decisión propia, para quienes lo hacen por necesidad las cargas son aún más difíciles.
Diferencias con Chile
Amanda percibe grandes diferencias entre Chile y Suiza. Lo primero que destaca es la seguridad. “Aquí todo funciona muy rápido. Si llamas a la policía, llegan en un minuto, lo mismo con la ambulancia. Algo que me sorprendió mucho”.
También nota la eficiencia en los servicios. “Te explican todo paso a paso y cumplen los plazos. Si llamas cuarenta veces, las cuarenta te contestan con amabilidad”.
Le impresiona la cultura cívica y el respeto en los espacios públicos. En su ciudad, las personas hablan en voz baja, no hacen ruido en el transporte público y mantienen una convivencia muy tranquila. “Cuando vino mi papá y tomamos el tren, me di cuenta de que me acostumbré a ese silencio y a no hacer ruidos”, comenta entre risas.
Sobre el trabajo, le sorprende el equilibrio entre la vida personal y laboral. Explica que en Suiza la mayoría de las personas no trabaja jornadas completas y aun así recibe buenos sueldos. Una de sus amigas, por ejemplo, trabaja tres días a la semana, puede mantener a sus dos hijos y disponer de tiempo de calidad para disfrutar con ellos.
En la educación, encuentra similitudes con Chile, aunque el idioma es un reto. “Las clases son parecidas a las de la USACH, pero el idioma lo cambia todo. A veces me duele la cabeza de tanto traducir”. Destaca, además, los apoyos estudiantiles: “Las fotocopias son gratis, las consultas psicológicas también; existe una gran cantidad de cursos extracurriculares, de idiomas, deportivos, y posibilidades de participar en diversos eventos. Hay dispensadores de agua en todo el campus, salas de computación, de meditación, entre otras. Son detalles que marcan la diferencia para los estudiantes”.
Valora la oferta cultural gratuita de la ciudad. “Todos los días hay eventos: conciertos, talleres, exposiciones, sobre todo en verano. Aquí la cultura es parte de la vida cotidiana y es accesible para todos”.
Perspectiva, aprendizajes y futuro
Amanda reconoce que emigrar no es fácil. No todo es color de rosa. Muchos días son grises, y estar lejos, hablando diariamente otro idioma, es duro.
A quienes están pensando en irse, les recomienda hacerlo con planificación. “Hay que tener una red, alguien con quien contar. Si no te integras ni haces amigos, te vuelves loco y lo pasas mal”.
Distingue entre migrar para estudiar y hacerlo para trabajar. “Si vas a estudiar, sigues en una esfera más cómoda. Pero si migras buscando mejoras laborales, no necesariamente los trabajos disponibles estarán relacionados con tu profesión, lo que es un cambio muy fuerte”.
Sobre el futuro, no tiene una decisión cerrada. Le encantaría quedarse por la calidad de vida, pero sabe que no es fácil encontrar trabajo siendo migrante. “Si tengo que regresar a Chile, lo haría feliz, pensando que estaré cerca de mi familia”.
Lo que más rescata es su crecimiento personal, en cuanto a empatía y resiliencia. Ha aprendido a valorar las cosas simples, a ponerse aún más en el lugar del otro y a entender que la vida no siempre es como uno se la imaginó. También se siente orgullosa de seguir proyectándose y desafiándose a sí misma, comprendiendo que el camino del migrante no se define solo por el esfuerzo o el sacrificio personal, sino también por las oportunidades que se presentan y las redes de apoyo que la acompañan, reconociendo que no todas las personas parten desde el mismo lugar.






